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INTERNET ES UN LIBRO DE ARENA que estamos comenzando a escribir con dificultad e
inevitable torpeza. “El número de sus páginas es exactamente
infinito, ninguna la primera, ninguna la última”. Todo el
libro está hecho de granos de arena: ceros y unos distribuidos
en surcos incontables de partículas imantadas o microincisiones
trazados sobre millones de superficies discoidales que están
desperdigadas por todos los lugares del planeta: un libro,
por tanto, descuadernado, pero que -maravilla de este libro
de arena- el lector encuaderna con su acto de lectura.
Confundidos aún por este libro de arena que no se deja
coger –por el momento- entre nuestras manos, nos empeñamos
en buscarle las hojas, como los libros hechos con papel
y tinta. No tiene hojas; y de tenerlas, nos veríamos obligados
a aceptar el absurdo de que serían hojas sin reverso. Y
si el libro de arena no está formado de hojas, ¿por qué
seguir hablando de páginas y tratando el texto como si tuviera
la horma de una página? El espacio de escritura y lectura
en el libro de arena es la pantalla electrónica, con otras
posibilidades y otras exigencias distintas a la página de
una hoja de papel. Hay que explorar y explotar las propiedades
tan atrayentes que consigue la escritura en un libro de
arena y, a la vez, superar con creatividad las dificultades
que provoca el paso de la página a la pantalla. Estamos
aprendiendo a escribir en este libro único, pero ya se nota
el afán de pasar a él todo lo que tenemos: si un día llegamos
a saber aprovechar todas sus capacidades, quizá consigamos
cumplir el sueño de Mallarmé: “Le monde est fait pour aboutir
à un beau livre”. El sueño del libro-mundo, que es un anhelo
constantemente recreado en nuestra cultura libresca, podría
realizarse en un libro sin hojas, en un libro de arena.
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