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El libro de Javier Echeverría Telépolis (1) es un ensayo ameno, irónico, inquietante, reflexivo y de imprevisible lectura sobre algunas de las cuestiones que el siglo XXI nos va a deparar. Telépolis es menos la descripción de los mecanismos de funcionamiento de la sociedad del mañana como proyección a futuro de algunas tendencias y fenómenos del presente. No es un trato sobre la organización social con basamento histórico (Montesquieu), o inductivo (Maquiavelo) o de lógica teórica (Rousseau), o profétivo (Naissbitt, Masuda). Es un ensayo proyectivo. El autor -filósofo, matemático, especialista en historia de la ciencia, catedrático de la Universidad del País Vasco e inédito fabulador- nos describe los entresijos de una sociedad imaginaria e hipercomunicada, en la que los medios de comunicación estructurarían todo el funcionamiento social -desde la economía a la política pasando por lo cotidiano, el trabajo, el conocimiento, el turismo, las relaciones sociales o la cultura- y la somete a una crítica comprensiva, de la que salva su pluralismo y capacidad integradora, y de la que critica los riesgos de anulación y pasividad el individuo. Telépolis puede convertirse en una telecracia (la anulación de lo privado) o una tele-acracia (si las redes las ocuparan las comunicaciones horizontales de los telepolitas, haciendo valer su presencia ante el poder). Echeverría nos proyecta hacia un planeta que ya es una sola y desigual ciudad en la que los barrios son las actuales naciones, donde la geografía es desplazada por las completas redes de comunicaciones, las calles son los medios de comunicación, el ágora --el espacio público- es la pantalla, y los hogares los centros y terminales desde donde se trabaja, se divierte, se opina, se producen telemercancías -el ocio y el consumo devienen productivos-. Telépolis es tan complejo en sus relaciones que nadie conocería ni controlaría su globalidad. Todo gira alrededor de la información y la comunicación. Si alguna vez se viaja es para grabar imágenes, una fiesta lo es si se fija en un soporte visionable, la acción pública se transforma en puro espectáculo y los sujetos (políticos, predicadores, sindicalistas, industriales, profesores...) mudan en actores en busca de tiempo de pantalla. Toda actividad es inmediata hasta el punto de que lo real es lo visionado y es significativo en función del número de televidentes. Las encuestas desde una sociometría avanzada sustituyen a la opinión pública e individual. No se necesita salir de casa porque la telemoneda, la teleeducación, la telepolítica, la telecompra,el teletrabajo... son ya los modos de relación. La experiencia vital ya es vicaria de la televisión. El espléndido y conciso libro de Echeverría
da juego para muchos interrogantes y varias tesis a debatir sobre el modelo
de sociedad. LA CULTURA EN TELÓPOLIS Sin embargo, la argumentación utilizada
sirve también para defender lo contrario, puesto que las culturas
locales actuales, ya mestizadas, abiertas y en permanente construcción,
también tiende a institucionalizar el pluralismo cultural o subcultural.
Es más, esta hipótesis es más plausible que la de
Telépolis. Si se acepta que las redes pueden configurar el conocimiento,
la percepción y los valores dominantes, algunos tendrán
interés en dominar las redes del inmenso mercado que estaría
en juego. Una cultura estándar de uso planetario correspondería
mejor a ese intento de uniformación -barata en costes, lujosa en
resultados y más controlable-, que haría que Telépolis
no fuera la diversidad comunicada sino más bien la uniformidad
adaptada.
En mi opinión el texto contiene un cierto determinismo tecnológico como ya ocurriera con Bell, Gorz o Enzensberger. En primer lugar, ¿sólo hay individuos? Han desaparecido en el texto o no son relevantes los vestigios de sociabilidad primordial (¿no hay núcleos familiares de algún tipo? ¿No hay ámbitos de sociabilidad en cada comunidad cultural?) o de grupo social (¿clases?, ¿estratos?, ¿grupos socioprofesionales? ...) o de intereses y convicciones (¿partidos?, ¿ideologías?). ¿Es pensable una sociedad así? Hay una pregunta muy elemental. ¿De dónde emerge entonces el impulso de comunicarse con otros mediante el teléfono o el correo electrónico? En segundo lugar, es muy lineal identificar
los sistemas de comunicación unidireccionales (radio, televisión)
con manipulación y pasividad, y los bidireccionales (teléfono,
visiófono, correo electrónico) con sociabilidad y respeto
al individuo. Lo cierto es que ninguna tecnología comunicativa
se ha estabilizado en la idea inicial (la prensa nació como diario
de avisos comerciales; el fonógrafo y el tocadiscos, como dictáfono;
el cine como herramienta de registro -como la fotografía- y memoria;
la radio para la comunicación militar; el primer uso del teléfono
para la escucha unidireccional de la música...) ni sus modelos
actuales de programación y uso se han definido de una vez por todas.
Por otra parte, siendo unidireccionales la prensa y el libro, siguen siendo
los espacios más analíticos y libertarios. En definitiva,
el sistema de medios no crea a la sociedad sino que es más bien
un producto del modelo social y político, que reproduce y, en parte,
regula. Se exagera habitualmente sobre la influencia de los medios. Los
medios no pueden sustituir a lo real. Los humanos necesitamos experiencias,
el contacto con la materia y las personas. La convivencia no es reemplazable
por un televisor. Lo cierto es que lo que ocurre en el tiempo de pantalla es explicable por procedimientos menos sofisticados e imaginativos, como una fase preparatoria de un consumo orientado por la persuasión en una época de profusión de productos que necesitan diferenciarse para competir. Vender mercancías es más complicado que producirlas, lo que obliga a un gasto improductivo enorme de las empresas que será compensado por las grandes demandas. Pero el fundamento del valor está en la producción -material o inmaterial- y en la creación. Si bien es patente que una parte creciente
del PIB es producción inmaterial (tan mercancía como un
objeto material), también lo es que el sistema económico
se sigue basando en una profusa producción material que lo fundamenta.
Dicho de otro modo, la sociedad posindustrial o de la información
no sustituye a la sociedad capitalista, sino que el capital encuentra
nuevas áreas de rentabilización (información). La
información se convierte también en capital y poder, no
los sustituye. (1) Javier ECHEVERRIA. Telépolis. Editorial Destino. Barcelona, 1994. |